Todo el mundo miente

Todo el mundo miente

De pequeño era ingenuo… muy ingenuo. De hecho, lo sigo siendo, pero al menos ya empiezo a ser consciente de que, como decía el Dr. House, «todo el mundo miente«.

Si mi madre me decía que me tomara el zumo rápido porque si no se le iban las vitaminas, pues yo me lo bebía rápido. También me parecía razonable el tener que esperar una hora después de comer para bañarme. Y  me creí tanto a Spielberg cuando grabó Tiburón, que desde entonces no he sido capaz de bañarme en el mar sin estar pendiente con todos mis sentidos de lo que pueda haber por debajo del agua.

Pero más allá de las leyendas urbanas y el folklore de nuestras madres, casi todo lo que escuchamos sobre muchas cosas resulta acabar siendo mentira. O bien porque alguien se lo inventó y el resto al escucharlo lo dimos por bueno, o porque se ha ido tergiversando a lo largo del tiempo. Y esto pasa en todas las facetas de la vida. Últimamente, al profundizar en distintas aspectos relacionados con la psicología humana para el libro que estoy escribiendo sobre PsychoGrowth, me he encontrado muchos de estos casos.

Leyendo acerca de cómo aprendemos mejor los humanos, di con el «Cono de la experiencia de Dale». Una representación de los distintos tipos de aprendizajes, donde en la base tenemos los aprendizajes con enfoques más prácticos y hacia arriba, en forma de pirámide, aparecen los enfoques más teóricos. Lo que representa este cono es que, cuanto más práctico, mejor aprendemos.

En la representación que encontré, aparecían asociados a cada tipo de aprendizaje, un porcentaje de lo que somos capaces de recordar al aprender con una experiencia de ese tipo. Me pareció fascinante y, me lo creí totalmente, de sobre todo porque encajaba a la perfección con lo que tenía en mi cabeza.

Pero tanta fascinación me hizo querer saber más, profundizar en qué experimentos había hecho el tal Dale para sacar esas conclusiones. Y ahí, empecé a vislumbrar la mentira.

Resulta que Dale no había hecho experimentos, si no que símplemente había construído esta representación gráfica a partir de su intuición. Y yo me pregunté… ¿y si no ha hecho experimentos, de dónde narices ha sacado esos porcentajes?

Pues resulta que el bueno de Dale no había dado ningún porcentaje para cada tipo de aprendizaje. Él publicó su cono de la experiencia allá por los años 50, y a partir de ahí, distintos profesores e investigadores educativos, le fueron dando vueltas, añadiendo distintos elementos y puntos de vista. Y algunos de ellos, en distintos momentos, decidieron poner porcentajes que les parecían realistas de cuánto debería recordar un estudiante al pasar por cada tipo de aprendizaje.

Esto ha llevado a que encontremos distintas representaciones del cono de la experiencia, con distintos porcentajes del impacto del tipo de aprendizaje en los estudiantes, todos ellos dados por ciertos y publicados en revistas de bastante prestigio.

Podríamos pensar que, en este caso, damos por bueno un conocimiento por llevar publicado mucho tiempo, pero también encontramos casos donde nos pasa algo similar, pero con información mucho más moderna.

Por ejemplo, si buscas información sobre CTAs efectivos, encontrarás muchísimos expertos asegurándote que el mejor color para un botonaco es el naranja, o puede que sea el rojo, o si no puede que sea el azul. Verás cómo hay defensas a muerte de estas afirmaciones, y multitud de estudios de distintos profesionales con resultados que corroboran estas afirmaciones. Y no es que estos contenidos sean mentira. Si no que parten de premisas mal planteadas.

Se plantean muchos test A/B para determinar cuestiones como esta: ¿qué color es mejor para un botón de conversión? Y esos tests A/B dan unos resultados claros y evidentes. Lo que pasa es que se trata de generalizar esos resultados para cualquier otra situación y, con ello, se obvian variables dependientes del contexto. Quizás funcione mejor un botón naranja o verde en función del resto de colores predominantes de la página, pero eso no se tiene en cuenta a la hora de modelar el estudio.

De hecho, hay determinados estudios que ya empiezan a vislumbrar que no hay colores que vendan más, si no que lo que funciona es generar un contraste adecuado entre el CTA que queremos resaltar el y resto de la página.

Podría tirarme horas escribiendo sobre más casos que me he ido encontrando, pero mejor concentro mis esfuerzos en seguir escribiendo el libro de PsychoGrowth donde también explico algunos de estos prejuicios y falacias que nos encontramos en los procesos de venta.

Espero que, al menos, esta reflexión te sirva para poner siempre en tela de juicio cualquier aseveración que te encuentres sin demostración. Y que cuando vayas a basar alguna teoría o trabajo propio en alguna «afirmación clásica», aproveches a indagar y veas cuánto hay de verdad en esa frase que en Twitter queda tan bonita.

 

 

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